32 La clave está en la humildad

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No terminaba de entender por que la humildad estaba relacionada directamente con el poder. El poder espiritual o real, no el poder del mundo, del cual se necesita justamente la condición contraria, estar repleto a reventar de orgullo y arrogancia, por eso del mundo al revés.

El poder en este mundo llena nuestro ego de orgullo, un poder que en realidad nos empobrece o condena en nuestro mundo real a la mayor de las pobrezas espirituales, pero lo más desgraciado es que necesita del sometimiento de los demás, y al extremo de sacrificios: Rituales de sacrificio. Es a modo de un monstruo que se apodera de las personas, y que les aleja de la influencia de sus propias almas. Una influencia que solo busca nuestro crecimiento espiritual. De ese modo, el orgullo es extremadamente excluyente, aparta con intransigencia y en casos con extremada brutalidad aquello que no se alía con su propósito egóico.

En esta idea de excluir de nuestras vidas lo que no nos interesa, o no nos parece bien (dentro de la dualidad bueno y malo) es donde vamos a encontrar la clave para cultivar una actitud humilde, ese “tipo” de humildad que nos empondere y nos abra las puertas a nuestro poder real.

Como decía, siempre he tenido la impresión que el poder espiritual o real está relacionado con la humildad, pero no conseguía establecer esa conexión lógica. Es muy importante controlar nuestra arrogancia o sentido de superioridad cuando realmente somos mejores en algo, es importante también controlar nuestras emociones cuando nos podamos sentir humillados o vejados y no reaccionar con irascibilidad. Es importante aceptar las condiciones adversas que no rodea la vida con resignación y en casos con sumisión, y en todo los casos con total inofensividad, pero nada de eso nos acercará a la verdadera o necesaria humildad que nos empodera espiritualmente, si hay algo o alguien en nuestras vidas que lo excluyamos. Bien sean otras gentes por su naturaleza o condición, otras ideas o ideologías por nuestra poca afinidad, otras costumbres, otras cosas etc., que no están en nuestra forma natural de ser, o sintonice con lo que nos atrae, pues todo, todo, absolutamente todo, forma parte de nosotros, la tarea es observarlo, analizarlo, y ver que parte de nosotros es, que papel cumple y en que medida hay que integrarlo.

Un gran maestro nos decía que, hasta la boñiga en el camino es parábola. Es decir, hay que estar muy atento a todo lo que ocurre, grato o ingrato, afín o no afín, que nos pueda ocurrir, o pueda ocurrir en nuestro entorno para ver qué nos quiere decir o nos quiere mostrar nuestro yo superior, y como debemos considerarlo e integrarlo. Es así como se comunica nuestro yo creador, osea Dios.

Muestro yo real, elabora, ha venido elaborando por siempre nuestra realidad, las circunstancias que nos rodean, y con el propósito último de nuestro despertar. No hay nada en nuestro entorno que no hayamos gestionando nosotros. La propia creación, el universo que nos rodea es una obra nuestra, de cada uno de nosotros, y eso significa tener un poder inconmensurable. Quiero decir que el poder ya está, no hay que adquirirlo, acumularlo, somos literalmente todopoderosos, y es bajo esa premisa que debemos entender todo lo que ocurre y nos ocurre.

Mi error de planteamiento inicial era pensar que el propio sacrificio en sí, el sufrimiento con el que repercutía, era lo que nos empoderaba, es lo que ocurre con las entidades que se empoderan con el sacrificio ritualista, la energía que se libera del propio sufrimiento de sus víctimas, aunque energética y espiritualmente a quien más pueda beneficiar es a las propias víctimas. Sacrificar el propio ego hasta el extremo, por ejemplo, que llevo Jesús, consideraba que era lo que podía conceder un enorme poder, pero lo que ocurre que esa profunda aceptación, que se da aun en las situaciones más difíciles y en casos más extremos, y que se resume en un “Hágase tu voluntad”, es lo que abre de par en par las puertas a nuestro poder real, pero recordemos, un poder que siempre ha estado. No solo se trata de aceptar situaciones ingratas o al extremo duras, sino reconocer al creador, a nuestro yo, en todo, absolutamente en todo, para poder aceptarlo conscientemente en su totalidad, y así sea su íntegra voluntad.

Esa es la cuestión, no es que se obtiene poder con el sacrificio (dolor y sufrimiento), sino que mediante la aceptación y humildad que se ejercita en el sacrificio se accede a un poder que siempre se ha tenido.

Controlar a nuestro ego, que no se desate de orgullo y vanidad cuando nos vemos con notables facultades naturales, nos rodea el éxito, la suerte, inclusive el mismo poder terrenal, ya es una gran paso, pero evitar excluir cosas que nos acontecen en nuestras vida cotidiana, es el trabajo más necesario y que más exhaustivamente se ha de vigilar, ver que función y en que grado o relevancia cumple en nuestra manifestación. En la manifestación de nuestro yo superior.

En nuestra faceta espiritual, en los valores que nos acercan a nuestra divinidad, y que está en trabajar las virtudes necesarias, es ya un paso importante hacia nuestro despertar, pero tenemos el escoyo más grande, y es que casi todas las creencias religiosas o espirituales excluyen a las demás. No quiere decir que no las respeten y las acepten, pero no las hacen propias, no son sensibles a qué parte de verdad hay en cada una de ellas para hacer de entre todas tu única guía espiritual. El simple hecho de pertenecer a algo o a alguien te hace excluyente de lo demás. Aunque por afinidad encuentres más compañerismo y solidaridad, pienses que en esa asociación encuentras una información más valiosa que mejor te hace crecer espiritual, eso nunca puede excluir de lo que nos puedan aportar las demás creencias espirituales o filosóficas, y cualquier gente. Desde un gran sabio hasta hasta un niño nos puede dar una lección maestra. Hay que estar muy atento, observar, analizar todo lo que ocurre y nos ocurre, pues detrás de cualquier cosa, circunstancia, acontecimiento, por insignificante que sea, por desagradable que nos parezca, esta nuestro ser creador con todo su poder.

Muchas veces tenemos una opinión, o nos hacemos una idea de algo en base a lo que nos han dicho otros, a prejuicios sociales, etc., y si hemos llegado a considerar o experimentar ese asunto, lo hemos hecho bajo ese filtro de prejuicios y perjuicios, pero hemos de tener en cuenta que en eso, como en cualquier otra cosa estamos nosotros manifestándonos, hay que saber en qué medida y en qué relevancia forma parte de nosotros, y para eso cualquier cosa, cualquier detalle en nuestras vidas debemos observarlo, experimentarlo, atenderlo con toda la dedicación y atención como la cosa más importante, dándonos el suficiente tiempo de reflexión, sin anticiparnos a juzgar o a declararnos en firme opinión. Rechazar de plano, marginar cualquier cosa por ingrata que nos parezca que se nos presenta en la vida, sin haber indagado en ello con la suficiente profundidad y objetividad y darle su justa posición en nuestra vidas, nos desvía del camino.

Para despertar se requiere que nuestra conciencia en sí sea un continuo ininterrumpido de atención, para cultivar esa atención es por lo que hacemos ejercicios de meditación, pero, la vida misma, en su devenir cotidiano, tenemos el ejercicio práctico y más diverso para ejercitar esa atención en todas las cosas. Todas, absolutamente todas las cosas que nos ocurren son igual de importantes, por que detrás estamos nosotros creándolas, dedicándole a cada una de ellas, por insignificante que sean, por ingratas que sean, todo el inmenso poder creador que somos. Cuando desde esa percepción y convicción decimos ‘Hágase tu voluntad’, dirigiéndonos al verdadero Dios, osea a Ti, entonces estás listo para despertar…. y, conocer al Todopoderoso.

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